Otro diciembre más. Otra vez las calles de la ciudad son iluminadas con luces
candentes y festivas que se reflejan en los ojos y destellan ilusión de todos aquellos
que las admiran. Los escaparates se visten con sus mejores atuendos: coloridos,
refinados, preparados para la ocasión. Veo a muchos jóvenes con amplias sonrisas,
expresiones emotivas y abrazando a sus enamorados.
Nunca he comprendido el misterio de la Navidad: la gente se vuelve agradable,
condescendiente y empática como por arte de magia. Tampoco termino de entender
por qué corre prisa en tener pareja, presumirse agarrados de mano por las calles,
tener alguien con quien compartir las fiestas y llevar a casa con la familia, solamente
en Navidad.
Anochece y ni mi bufanda de lana es capaz de frenar el aire gélido que me azota la
cara bruscamente. Veo pasar a gente sola, andando con sus paraguas, a un ritmo más
flemático, como si estuvieran entristecidos por algo, veo caras apáticas cuyas trato de
adelantar a mayor velocidad. Ellos en cambio, ni siquiera me ven, oyen el ruido de
los neumáticos al chocar con los charcos de la lluvia y huyen de las salpicaduras.
Es hora de volver a casa, después de la rutina en el trabajo que me deja exhausto, así
que cruzo el semáforo de camino a la parada del bus. Hace demasiado frío, lo que
me confirma que la vida de esta vieja chaqueta de cuero ha llegado a su fin. Al meter
las manos en los bolsillos buscando la tarjeta del transporte, saco unos papeles
arrugados. No sé ni de qué son. Puedo distinguir lo que pone en las entradas a pesar
de la tinta descolorida: es del Gran teatro del Liceo un 12 de diciembre del año
pasado. Un escalofrío me recorre la espalda de forma repentina y un tanto dolorosa,
brindándome recuerdos que creía enterrados en mi subconsciente: Eran para ella.
Cuando mis amigos se quejan de las desgracias que les suceden, yo les recuerdo que
aquella noche que la llevé al teatro planeaba arrodillarme con un anillo de
compromiso, mientras ella tenía guardado en la manga un as, que usaría para dejar
lo nuestro. Y entonces a mis compañeros se les ahuyentan todos los males, con la
excusa de que siempre existe algo peor.
Qué peculiar, melancólico y trágico es pensar que ella, ese pilar de mi vida tan
esencial que estuvo erguido durante años, ahora sea alguien que ya ni reconozco.
Aquella mujer fue mi mayor ancla, más me dejó correr por arena. Conoce mis
rincones más oscuros, mis altares más preciados, mis talones de aquiles a la
perfección. Y sin embargo no intercambiamos ni palabra, ni veo su cara, ni encuentro
el tacto de su piel y ni recuerdo el aroma agridulce que desprendía… Somos tan
cercanos y tan desconocidos.
Impaciente por la espera, mi mente se nubla con el vago recuerdo de su sonrisa, y
suerte que el autobús que me lleva a casa ha llegado ya: se ha terminado la fría
espera en la parada, además el susurro de algunos fantasmas de mi pasado ha sido
acallado por el sordo ronroneo del transporte.
El trayecto a casa es largo, pero parece eterno cuando ansías llegar inminentemente
al calor de tu hogar. Veo los reflejos y mi propia sombra a través del cristal del
autobús, ligeramente impregnado por las gotas de lluvia. Mis párpados se sienten
pesados, el cansancio apodera mi cuerpo, pero mi mente permanece audaz como
nunca. Desearía volver atrás, no para enmendar errores que haya cometido, para
volver a ser ingenuo.
Consciente de mi situación, sé que debería dejar de pensar en ello. La curiosidad me
quiere consumir al cuestionarme una y otra vez cómo podría haber seguido nuestra
historia, pero ¿qué más da lo que la vida tuviera deparado para nosotros? Sea lo que
fuera… ya no existe.
A pesar de todo, el tiempo me ha ido cicatrizando las heridas: después del oscuro
luto de soledad he visto la luz y el mismo viento que me arrastró al vacío, ahora me
ha reconducido a la estabilidad. Y es que el amparo llega cuando no hay expectativas
y tú no estabas en ellas siquiera. ¿Quién hubiese dicho nunca que aquella amiga
cercana que me ayudó a superar a mi ex pareja la sustituiría también?
Nos conocimos hace sólo 6 meses y aunque no tengamos una relación extensa, te
siento próxima a mi. Me he prendado de ti fortuitamente, de un modo totalmente
involuntario e irracional. Pero no sé cuáles son tus miedos, no sé qué decir para que
los distintivos hoyuelos de tu cara aparezcan… no sé ni siquiera cuáles eran tus
sueños en la infancia, ni tus manías más insignificantes. Y sí me gustas, pero
simultáneamente tengo un profundo temor al pensar que prácticamente somos
extraños cuyas vidas coinciden como la intersección de dos aviones en el cielo azul.
Somos muy cercanos y muy desconocidos.
Saco las llaves de mi bolsillo, que están unidas al souvenir que traje de la ciudad del
amor. Cuando por fin llego a casa una sensación de paz me inunda al verte tumbada
en la cama, medio dormida y sonriente al verme llegar. Me acuesto a tu lado en
silencio, para no romper esta magia que invade el ambiente. La tenue luz de la
mesita de noche es el antecedente de donde originan las sombras de tu cuerpo.
Tumbo mi cabeza en tu cálido pecho y me acoges de manera agraciada,
acariciándome los mechones de pelo. No puedo exigir más por hoy. Tú eres mi
hogar ahora.
Mi debate interno sigue ahí, no lo puedo negar… hay una mujer que se ha
apoderado de mi mente y otra que sigue adherida, aferrada a mi corazón. Antes de
caer en sueño profundo un último pensamiento requiere mi atención: ¿Es curioso,
no? Mis pensamientos y mis sentimientos… tan cercanos y tan desconocidos.