Llevo en este mundo cuatro años, quince horas y cuarenta y siete minutos. En
efecto, he contado cada segundo que he pasado en esta cárcel. Aquel maldito
diablo sabía perfectamente cuál sería mi destino, ser su esclavo para toda la
eternidad. En este sombrío mundo, el sonido se convierte en silencio, la luz en
oscuridad, la alegría en tristeza, y nunca estarás acompañado, condenado a una
soledad infinita.
Desde que llegué aquí, mi rutina es totalmente monótona: despertarme, trabajar,
comer, dormir, despertarme, trabajar, comer,… Además, hay algo que me inquieta,
cada dos meses escucho voces de gente a la que jamás he conocido, y sigo sin
saber de donde provienen. Con el paso del tiempo me he acostumbrado a esta
condena, ni siquiera recuerdo el dulce sabor de la libertad. Cada noche veo al diablo
en mis sueños: quieto, sin decir ni una sola palabra, observándome como si fuera un
simple juguete. En este maldito lugar, el tiempo nunca transcurre.
Por las mañanas suelo comer lo mismo de siempre, pan con cebolla. Al terminar de
comer me dirijo a mi trabajo en la mina. Ahí nos dedicamos a extraer un material
muy raro el cual solo se encuentra aquí. Con nuestro pico, trabajamos sin descanso
doce horas seguidas, de once de la mañana a las once de la noche, los siete días
de la semana. Es un completo infierno.
A medida que pasaban los días, las voces que me atormentaban sonaban cada vez
más fuerte y más repetidamente. Hoy las voces me llamaban, pidiendo que me
acercara a ellas. Seguí sus voces, me llevaron a un lindo paisaje, en el cual
lentamente empecé a ver una luz. Me pedían que rompiera las fronteras y
atravesara la luz. Decidido a hacerlo me acerqué más y más, mientras sus voces
aumentaban y un ruido molesto aparecía acompañado de un olor familiar. A punto
de lograr mi objetivo, desperté en una habitación de hospital, totalmente
desorientado.
Intentaba abrir los ojos, mas no podía, quizás por los efectos de un sedante. Logré
abrirlos por algunos instantes, lo único que pude ver fueron miles de tubos
conectados a mi cuerpo. Después de ello volví a dormir. Dormido soñé que por fin
jamás volvería a ver al diablo que me persigue constantemente y mucho menos a
las voces que resuenan en mi cabeza. Por una vez en años, me sentí en paz y
sereno conmigo mismo, sin embargo ese sentimiento solo duró hasta que desperté.
Aquello no podía estar pasando, cuál era el motivo, por qué había regresado. Al
despertar había regresado a mi infierno del cual no podía escapar. Aún estando en
estado vegetativo deseaba con todas mis fuerzas volver a aquel hospital donde
podía descansar en paz, pero la suerte no me acompaña y volví a mi cadena
perpetua.
Al parecer no tenía elección, volví a mi pésima vida, pero algo había cambiado.
Sentía unas presencias extrañas a mi alrededor, veía sombras de vez en cuando,
mas cuando intentaba ver de donde provenía, su silueta desvanecía. Además las
voces de mi cabeza se volvieron cada vez más y más frecuentes. Hablaban en un
idioma ininteligible, sin embargo creo que intentaban comunicarse conmigo.
Pasaban los meses y todo empeoraba. Ya no podía más, quería acabar de una vez
con tanto sufrimiento y volver a mi anterior vida. Solo quería volver a escoger…
En aquel momento, pensaba en cómo y por qué había llegado hasta esa situación,
donde no era nada más que un esclavo. Puedo recordar haber escogido entre dos
opciones la vida eterna o el final absoluto. Elegí una de ellas, mas no sabía cuales
serían sus consecuencias. Lo peor de todo, es que ni siquiera sé cuál de las dos
opciones escogí. Desde que tuve el sueño del hospital, ya no se que es real y que
no. Además cada vez que duermo, vuelvo a soñar lo misma una y otra vez, esa
bendita habitación de hospital.
Al despertar me sentía mareado y con muchas ganas de regurgitar, lo cual no se lo
recomiendo a nadie. Estaba harto de esa vida llena de esclavitud, de tener que estar
todo el dia trabajando pico y pala. Encima, al cerrar los ojos veía de nuevo aquella
habitación. Quizás escogí mal, y por ello debía encontrar al demonio que me dió a
elegir entre aquellas opciones. Quería que me permitiese volver a escoger, estaba
harto de aquella vida, no la podía soportar más. Así que decidido, dejé de picar
como solía hacerlo y me dispuse a encontrarlo. Después de un largo tiempo lo
encontré, sentado en su horrible trono, con esos aires de superioridad que tanto le
caracterizaban. Pero para poder hablar con él debía esperar en una inmensa cola
hasta que llegase mi turno.
Después de infinitas horas llegó mi tan esperado turno, el que por fin podría resolver
mi vida. Y, más decidido que nunca le planté cara a ese estúpido demonio
atormentador. Exigí volver a escoger de nuevo, y me dejó. Pero no iba a ser tan
sencillo, me dejaría hacerlo, sin saber cual estaba eligiendo, tentando así a la
suerte. Si sin querer volvía a elegir la opción que me había atormentado durante
tanto tiempo jamás podría volver a cambiar, siendo así su esclavo. Por el contrario,
si escogía la opción contraria, podría descansar en paz como había anhelado
durante tanto tiempo.
Tenía miedo de tomar aquella decisión, pero parecía ser que las voces que yo creía
que me atormentaban solo querían ayudarme. En los segundos previos a la
elección, me brindaron la respuesta que deseaba, el final absoluto. En ese instante
todo se convirtió en oscuridad. No veía nada. Sin embargo, en el horizonte de esa
oscuridad había una luz. Me acerqué a la luz y la traspasé.
Gracias a ese acto de valentía, puedo descansar en paz eternamente. Por fin dejaré
de ser un esclavo. Sin sufrir ni un segundo más, como lo hacía en aquella
deplorable vida.