INFINITAS MENTIRAS
Ace se levantó sorprendido. “¡Menudo sueño!”, pensó. Le parecía haber tenido el sueño
más extraño y a la vez desvelador de la historia de la humanidad. Las ecuaciones le
rondaban por la cabeza, las cuales resolvían una idea muy simple de imaginar pero a la vez
muy compleja de describir. No se lo podía creer; le habría gustado gritar “¡eureka!” un millón
de veces, aunque temía que sus vecinos le tomaran por loco. Optó por tomarse el café de
cada mañana, abrir la puerta automática de su pequeño pero acogedor apartamento, y pedir
el taxi de turno. Aunque no lo supiera, había descifrado el mayor enigma de la humanidad,
pero primero debería desvelarlo yendo a la universidad e investigando un poco. La ciudad
estaba muy transitada aquel día. Los Volkswagen Moska estaban muy de moda aquellos
últimos años, y no volaban precisamente lento. Realmente a Ace le parecían un estorbo
para la conducción segura. Además, la mayoría de los conductores que llevaban ese tipo de
automóviles voladores eran gente con pocos estudios y que solo vivían para presumir,
generalmente, de la suerte que habían tenido en la vida, debido a que acostumbraban a ser
hijos de grandes empresarios o directores de megacorporaciones, y vivían de sus padres.
Detestaba aquella parte de la sociedad. Ya estaba esta lo suficientemente empobrecida
como para que además inútiles como ellos fueran provocando confrontaciones entre grupos
sociales. Aunque, por supuesto, había excepciones. Su mejor y único amigo, Mark, no era
precisamente pobre, y provenía de la clase alta, ya que su madre había sido una famosa
astronauta. Astronauta , el sueño de cualquier buen científico. Y el de Ace también, por
supuesto. El término “astronauta” había evolucionado mucho en los últimos años, ya que los
viajes interplanetarios eran bastante comunes, y entonces se consideraba astronauta al
explorador que se aventuraba más allá del Sistema Solar. Bueno, vuelvo a Mark, y es que
este siempre había sido buena persona y había ayudado a Ace. Por eso Ace consideraba
según qué individuos de clase alta y los podía llegar a querer. Aunque él nunca había sido
muy de amigos. Supongo que fue porque Mark le protegió de pequeño cuando los
compañeros de clase se metían con él que lo aceptó como “amigo”. Como siempre había
sido un chico muy estudioso y no salía de clase cuando había tiempo libre, los chicos y
chicas del colegio lo encontraban rarito, y aprovechaban para abusar física y verbalmente
de él. Pero Mark siempre estuvo allí para protegerlo en los momentos más difíciles.
Además, Mark no era precisamente tonto, y le ayudaba en muchas de sus investigaciones,
aunque no llegaba al nivel de inteligencia de Ace. El caso es que Ace era bastante asocial,
y prefería aún menos juntarse con gente como los de clase alta. Siguió su camino hacia la
universidad, con ganas de encender el nuevo proyector de hologramas Holoplus 24 (era ya
el vigésimo cuarto modelo que sacaban al mercado) y empezar a proyectar ecuaciones, y
también con ganas de salir del taxi, pues ir en coche no le agradaba demasiado.
Llegó a la universidad, saludó a Mick, el nuevo androide conserje , y siguió su camino hacia
la sala de física. Allí encendió el proyector y apareció el holograma.
―Buenos días –señaló Katherine, la inteligencia artificial conectada a la habitación.
―Buenos días, Katherine –dijo Ace con una voz aún adormilada –, ¿qué tenemos hoy?
―Ha estado investigando últimamente cómo empezó el Universo, señor Ace –indicó la voz
robótica.
―¡Bien Katherine!, veo que te acuerdas.
Jaume, Valeria, Pablo, Quim y Mar
―Por suerte o por desgracia, me acuerdo de todo señor, hasta del día que se le escapó esa
flatulencia en una conferencia.
―¡Ja, ja! –rió Ace –. ¿Cómo está el nivel de ironía, Katherine?
―Lo tenemos al 90%, señor –comentó Katherine.
―Bajémoslo al 75%, amiga mía –dijo Ace con aún una pequeña sonrisa en su cara.
―Claro, señor –contestó con una voz sarcástica Katherine.
Por algún motivo al que no le había dado mucha importancia en toda su vida, en ese
momento Ace se dio cuenta de que estaba mejor en compañía de robots antes que de
personas. No pensó mucho más en eso, aunque sí que es verdad que en un primer
momento se asustó y llegó a imaginar que se estaba volviendo loco al no hablar mucho con
humanos. Como he dicho, ese sentimiento se fue rápidamente cuando comprobó que su
estado mental aún era correcto al empezar a escribir ecuaciones y comprobar que estas
eran correctas. Aunque realmente no era motivo suficiente para asegurarlo, le pareció una
prueba significativa.
Después de unas horas de variables, incógnitas, ceros e infinitos por un lado u otro del
holograma, consiguió la ecuación correcta para determinar cómo se había creado y qué era
el Universo. No se lo podía creer. Había decodificado la mayor pregunta humana, la esencia
de todo, y reflexionó que era momento de demostrarlo realmente al mundo. De sacarlo a la
luz. Pero no lo hizo. Se lo guardó para él y el gobierno, ya que le aterraba la idea de que
finalmente no fuera nada y volvieran a burlarse de él. Cuando lo propuso al gobierno y un
seguido de físicos estudiaron detenidamente la teoría, concluyeron que era correcta, y que
debían ir en una misión espacial a un remoto lugar del infinito o ilimitado espacio. La jugada
le había salido de maravilla a Ace, ya que no solo el proyecto era secreto, sino que podría ir
al espacio y ser astronauta por una vez en la vida. Pidió que Mark, que lo había ayudado
tanto, le acompañara en el viaje, y le asignaron dos astronautas más, Sam y Peter, que
eran ingeniera y químico, respectivamente. Le dijeron que la hora de salida sería ese mismo
octubre (era mayo), y que se fuera preparando para la salida desde ese momento.
Llegó el día del lanzamiento y el pelotón de la misión se preparó para la salida. Ace subió
rápidamente a la nave junto a sus compañeros. Sabía perfectamente cómo conducir una
nave espacial, ya que en la universidad les habían enseñado y habían practicado en un
simulador. En ese momento, estaba eufórico y con muchas ganas de salir despegado al
espacio, pero antes tuvo que abrocharse el cinturón de seguridad, presionar unos cuantos
botones y poner el cohete rumbo al destino. Ace no sabía qué pensar en esos momentos;
estaba asustado por descubrir el verdadero sentido de nuestras vidas, emocionado por
haber sido el que lo había descubierto y orgulloso de sí mismo por haber logrado semejante
hazaña, entre otros sentimientos que se hallaban en su interior que no le dejaban ni siquiera
pensar. Allí estaba, a punto de cumplir el sueño de todo físico, químico o mejor dicho
cualquier científico: ¡iba a descubrirlo todo: la creación, el sentido!
Tenía que llegar a la posición exacta que encontró en las ecuaciones descritas en el aula de
física. Ese remoto punto del Universo estaba en la galaxia IOK-1, para hacernos una idea, a
13.000 millones de años luz de la Tierra. Con la nave con la que viajaban estos cuatro
tripulantes, significaba estar 11 meses en el espacio viajando a una velocidad superior a la
de la luz, para ahorrarse años y años de viaje. Con una nave de última tecnología que
usaba un motor de curvatura espaciotemporal, pudiendo viajar millones de veces más
rápido que la luz, viajarían cierto tiempo juntos, y tenían que llevarse bien. Ace, Peter, Mark
y Sam estaban completamente asustados porque no sabían lo que se podían encontrar en
ese lugar. A la vez, tenían mucha curiosidad, ya que era la oportunidad de su vida para
demostrar lo que valían en la ciencia.
El viaje fue extremadamente duro de gestionar tanto emocional como físicamente. Las
condiciones eran muy complicadas de soportar para el cuerpo humano. El viaje afectaba
contínua y negativamente a la correcta circulación de la sangre, sobre todo en su cabeza.
En consecuencia al tamaño de la nave, no podían tener mucha comida almacenada para su
buena alimentación. Las horas pasaban lentas aunque intentaban realizar diferentes
actividades entre ellos para divertirse y no entrar en depresión por el aburrimiento y la
extrema situación. Hacían ejercicio para conservar su masa muscular y para distraerse.
Ellos sabían perfectamente lo que comportaba la vida en el espacio y tenían muy claro que
no iba a ser nada fácil.
El día antes de llegar hasta el recóndito lugar, Ace empezó a plantearse cosas sobre lo que
les podía pasar al día siguiente. El miedo se había apoderado de él y tenía ganas de
echarse atrás y volver a casa. Sam le observó desde la otra punta de la sección central de
la nave y se dirigió hacia él. Enseguida le preguntó:
―¿En qué piensas Ace?
―En la estupidez de este viaje. Estamos entre la vida y la muerte ahora mismo y todo esto,
¿por qué, por un sueño que tuve una noche? No tiene el menor sentido, Sam. Quiero dar la
vuelta e irme a casa y volver a la vida de antes.
―Ace, no puedes abandonarnos ahora, estamos contigo porque confiamos en ti y porque
queremos ayudarte. Es normal que tengas dudas, pero si aquella noche sentiste algo fuerte,
es por algo y tienes que apostar por lo que tú crees hasta el final, aparte de que lo has
demostrado. Eres un buen científico Ace, acuérdate de esto.
Al instante, Ace se sintió mucho mejor y experimentó una sensación de satisfacción
profunda que le decía que su misión era una locura pero con sentido, y que descubrirían
algo muy grande gracias a ello.
Al día siguiente, ya estaban muy cerca de la posición correcta y de repente se vieron
obligados a frenar por su supervivencia. Estaban contemplando un enorme agujero negro.
No podían bajar la mirada, estaban hipnotizados por la presencia de la gigantesca región
espacial. Ace y su tripulación quedaron absortos en una nube de pensamientos y
sentimientos que involucraban el miedo, la valentía, la curiosidad y la responsabilidad.
Sabían que las leyes físicas no permitían a ningún objeto salir de un agujero negro, y aún
menos con vida. Una vez cruzado el horizonte de sucesos (la línea imaginaria que indicaba
el punto de no retorno), ni la luz podría escapar de esa atracción gravitacional, y
consecuentemente ellos tampoco. Pero entonces, Mark recordó algo de lo que había oído
hablar hace ya mucho tiempo, ni se acordaba de cuando ni donde. Fue como un milagro,
una reflexión de última hora que probablemente les salvaría la misión. Pensó que
seguramente se lo habría dicho su madre por los conocimientos de física que tenía,
anteriores a que muchas teorías se descartaran, y probablemente esta fuera una de ellas.
No tardó en hablar:
―Escuchad con atención, porque no tenemos tiempo para repetirlo. Hace ya varios años,
alguien, creo que fue mi madre, me contó sobre una teoría física que se había descartado
Jaume, Valeria, Pablo, Quim y Mar
por falta de pruebas reales, la cual adjudicaba a según qué agujeros negros unas
propiedades que les permitían ser atravesados sin necesidad de morir – explicó Mark con
detenimiento.
―Cuéntanos amigo, ¿de qué se trata? –respondió Ace –¿Algo significativo?
―¿Os suena Kerr? Un matemático de hace más de dos siglos.
―No tenemos ni idea –dieron como respuesta los otros tres al unísono.
―Da igual. En todo caso, este hombre teorizó un tipo de agujero negro rotacional que
transformaba su singularidad (punto dónde todas las ecuaciones físicas resultan infinitas.
En un agujero negro es el centro) en un anillo, y por lo tanto se volvía atravesable. Eran
llamados agujeros negros de Kerr.
―¡Increíble! ¿Pero por qué debería de ser este un agujero negro de Kerr? –cuestionó Sam.
―No lo sabemos, pero algo me dice que debe ser así. Sino, ¿por qué deberían las
ecuaciones de habernos traído hasta aquí? –apostó Ace, interrumpiendo.
―Y, en todo caso, no tenemos otra opción; no queda combustible para la vuelta –dijo Peter.
―Pues, entonces, ¿a qué esperamos? –preguntó Mark con entusiasmo.
Empezaron a adentrarse al agujero negro, y mientras lo hacían, su velocidad aumentaba
mucho porque el agujero les atraía. La teoría indicaba que el espacio dentro de los agujeros
negros se contraía por los costados, mientras se expandía por la salida y el centro, de tal
manera que sucedía un proceso llamado espaguetificación , que te convertía en una hilera
de partículas a medida que llegabas a la singularidad de éste. Pero no debía pasar esto con
un agujero negro de Kerr, debido a su forma anillada. Grandes choques de materia y
energía impactaban contra la nave, en medio de la oscuridad. Parecía un suicidio en toda
regla. El aparato de repente dejó de funcionar, y sus sistemas no respondían. Solo les
quedaba una opción, dispararse de la nave (como hacían los aviones de guerra), y rezar
para que todo saliera bien. Y así hicieron.
Su corazón dio un vuelco, su piel se estremecía y sentía que sus ojos se iban a salir de la
órbita. Ahí estaban, finalmente, delante de lo que sería el final de su mundo y el inicio de
otro, totalmente desconocido. Una luz deslumbrante les arrebató la vista durante unos
segundos, y cuando consiguieron volver a ver, pudieron observar el panorama que les
envolvía. Un escritorio de aquellos que tenía la gente en su habitación hace unos cuantos
años estaba sostenido en el suelo que era totalmente transparente y translúcido. Pero lo
que destacaba entre todo aquel barullo era el ordenador de grandes dimensiones que
estaba conectado a muchos cables de colores enchufados en el suelo. Delante, estaba un
joven de unos 17 años con un índice de masa corporal… digamos bastante elevado.
Parecía abducido ante la pantalla que veía sin pestañear. Había un enorme universo
plasmado en la pantalla, con ciertas características alrededor de la imagen, como si se
tratara de un videojuego. No tardaron en entender que eso era una simulación y que era
probable que fuera su Universo tan conocido. También comprendieron rápidamente lo que
eran y el mundo del que provenían lo había creado un adolescente con granos en la cara,
problemas académicos y con un gran conocimiento informático. Un simulador al que llamó
universo (14), colocado junto a otros archivos que parecían contener otros universos
simulados. El chico era un genio sin precedentes, lo que había hecho era objetivamente
algo grandioso. Quizás es algo éticamente cuestionable, pero igualmente grandioso. De lo
que sí que no se escapaba es de que ningún humano, por mucha genialidad que tenga,
puede llegar a ser Dios. Enseguida, el muchacho detectó movimiento en su habitación y se
dio cuenta que no estaba solo.
― ¿Hola? –dijo el joven, sin siquiera mirarles a la cara.
― Somos unas personas que venimos del planeta Tierra, y creo que merecemos… – explicó
Ace, tan recto que parecía que se lo hubiese preparado delante del espejo.
― Hoy mi madre no me ha dejado faltar al instituto. ¡Dios, vaya día que llevo! –se quejó el
adolescente interrumpiendo a Ace.
― Ehem … decía que merecemos una explicación de lo que ha pasado.
― Ah sí, claro, me llamo Hans por cierto –afirmó el joven mientras comía una hamburguesa
― Llevamos 9 meses viajando por el espacio y hemos cruzado un agujero negro solo para
llegar hasta aquí. ¿Nos podrías explicar lo que está pasando? –preguntó Ace con tono
agresivo.
―Un segundo… Primero tengo que llamar a Robert para decirle que me ha llamado Peter
–argumentó el atareado y ocupado chico.
De repente, Peter, cansado de la situación y de esperar y esperar, puso la mano encima de
un botón rojo que había en uno de los ordenadores, y lo pulsó sin ningún tipo de duda.
Súbitamente, todo lo que existía desapareció por completo, y ya nunca nadie pudo entender
la inesperada acción de Peter.
Ace se levantó sorprendido. “¡Menudo sueño!”, pensó. Le parecía haber tenido el sueño
más extraño y a la vez desvelador de la historia de la humanidad.