Entre los cipreses se vislumbra una fila formada por siluetas humanoides; demasiado recta
para ser improvisada, demasiado curvada para ser intencionada. La Luna está en su cuarto
menguante, poco nítida a causa de la abundante niebla. Cuesta distinguir los huecos en el
sendero. Uno de ellos tropieza, no cae, consigue mantenerse en pie. Los pasos de los
misteriosos caminantes son delicados pese a su mortífera apariencia. Parece que el tiempo
no exista, el silencio hace que pierdas esa noción. ¿Cuántos hubiesen pagado por
experimentar esa inusual sensación, verdad? Nadie, absolutamente nadie ha conseguido que
eso fuese más que un simple espejismo, o ¿acaso ha existido alguien capaz de parar el
tiempo? La fila continuaba mecida por el viento en aquel bosque desierto, ¿qué pretendían
aquellas siluetas semi-humanas?
Los árboles son altos, sus hojas perennes, pero sus ramas están vacías. Unas capuchas tapan
sus rostros, debido a ello, sus expresiones son completamente invisibles. Siguen caminando
por el sombrío bosque de cipreses. La humedad es notoria, los árboles desprenden olor a
mojado a pesar de que no ha llovido en los últimos cinco años.
Pese a ciertos rasgos distintivos, juntos parecen iguales, destacan por su uniformidad, sus
mismos pensamientos e ideales. Al estar en grupo pierden eso que ganan al estar separados.
Todos ellos obedecen a un mismo impulso. ¿Pero acaso son ellos diferentes?
Una ráfaga de viento levanta la capucha de uno de ellos, revelando una cara pálida y con las
facciones muy marcadas. Sus ojos son grises y sus labios están extremadamente secos.
Rápidamente se vuelve a cubrir la cabeza. Deben ocultarse por alguna razón.
El sol se va acercando cada vez más al horizonte, los caminantes aceleran levemente el paso.
Preocupados, pero no mucho, como si las consecuencias que conllevase la llegada del día no
les importasen del todo. De repente, se detienen ante una casa de aspecto rústico, sin nada
característico salvo un tejado rosado. Todos se paralizan en el mismo instante, como si lo
hubiesen ensayado con anterioridad. La puerta es bastante grande en comparación al
tamaño de la casa, la madera de esta es de roble, cosa extraña teniendo en cuenta donde está
situada. Uno de ellos toca con sutileza la puerta. Se retira inmediatamente y suspira al dar el
paso hacia atrás. La espera se hace irritante para los misteriosos caminantes que siguen
estando ordenados meticulosamente. Unos pasos amortiguados se oyen al otro lado de la
puerta. Esta se abre acompasada por el crujir de la madera. Se distingue un ser con la misma
vestimenta que llevan los caminantes, pero a diferencia de ellos, su rostro está descubierto.
Su aspecto es común, el rostro, vagamente familiar. Cualquiera tendría la certeza de haberlo
visto antes. Se acerca cada vez más a la salida.
– Buenas noches, espero que hayáis disfrutado del relajante trayecto.
Los caminantes aguardan frente a la puerta. El ruido de sus grilletes repica contra el suelo.
– Como ya sabéis, estáis a punto de entrar en la famosa residencia de la luz, vuestras
peores pesadillas ya la habrán descrito. Las oportunidades de llegar a la Luz son casi
nulas, ya que hace casi dieciocho años que dejasteis el mundo como seres tangibles.
Cuando esa fecha llegue, viviréis como almas en la tierra hasta el fin de los tiempos.
Está en vuestras manos, son pocos los que estando aquí logran salir, no os queda ni
un poco de humanidad, a mí tampoco en realidad, pero solo esos con una alma buena
pueden desaparecer, ¿o acaso renunciaríais a desvanecer con tal de ser un alma
mala?
Al oír esas palabras, el ente de aspecto consumido, que había revelado por accidente su
rostro anteriormente, intenta escapar de su realidad. Pero los grilletes le recuerdan la
atadura que tiene con el eterno dolor que le espera.
– ¡Cerbero, a las mazmorras!
Acto seguido aparece de entre los neblinosos arbustos un perro de aspecto lobezno, recién
llegado del inframundo. Su pelaje es negro azabache, y entre la densidad de este, sobresalen
sus tres cabezas, todas igual de feroces. Sus seis ojos de color rubí no apartan la vista de los
prisioneros, acechando. Las fuertes mandíbulas del gran perro arrastran por sus cadenas al
prisionero rebelde, regalimando saliva mientras este suplica clemencia.
El amo del fiero Cerbero riendo de forma sarcástica continúa su discurso, mientras, los
caminantes observan horrorizados la situación;
– Habéis tomado las riendas de una vida que no era vuestra. Habéis intentado escribir
vuestro destino, uno que ya tenía guion, que ya estaba tomado, eso solo os convierte
en unos estúpidos descerebrados, por eso estáis aquí, por miserables. -Después de
una larga pausa prosigue: – Todo dicho y nada a la vez, ¿de qué sirve decir algo que ya
se sabe? Llevo tantos años muerto que he perdido la curiosidad.
El ente calla y gestualiza con la mano. Todos los caminantes le siguen. Se aparta dejándoles
paso, esta vez sin ningún tipo de orden. Como si eso no formase parte del guion, quizás todos
los actores se habían olvidado de este. Demasiada coincidencia en tanto caos.
Uno de ellos toma la delantera, su rostro se revela y una cara de aspecto redondo sale a la luz.
Tiene las mejillas grandes como un roedor y su cuello es corto. Sus facciones denominan
debilidad y arrepentimiento. Le sigue uno muy diferente; de cuerpo es huesudo y es tan largo
como un día sin pan. Sus ojos reflejan melancolía y sus cejas pobladas preocupación. El resto
de los caminantes no destacan, no muestran ningún tipo de expresión, parece que les sean
indiferentes las barbaridades que están por vivir. Mientras entran se les retiran los grilletes,
pues de que van a servir si no hay forma de escaparse.
La pequeña sala está únicamente iluminada por la luz del fuego que crepita en la chimenea.
Nadie está cerca de esta y la temperatura ambiente ronda los dos grados bajo cero. El
director los adelanta y se sitúa delante de la chimenea.
– Creo que no me he presentado, soy Estalón , y dirijo esta maravillosa residencia.
¿Lleváis equipaje? No hace falta que me contestéis, es una pregunta retórica.
Seguidme, os mostraré vuestro hospedaje.
Al acabar de pronunciar estas palabras, Estalón atraviesa las llamas y desaparece. Los
caminantes le siguen sin inmutarse, salvo aquellos cuyos rasgos destacan. Se miran con
complicidad, ambos rostros muestran desconfianza.
Cuando todos terminan de cruzar el fuego, este se apaga, y de pronto ambos personajes se
encuentran solos en la sala, sin haber podido cruzar. La habitación oscurece y con la ausencia
de las cálidas llamas sus rostros palidecen. Permanecen inmóviles unos segundos, hasta que
el más flaco se atreve a hablar:
– Deberíamos de haber pasado -Dice con un hilo de voz.
El otro asiente con la cabeza, temblando y destemplado. Se acercan al muro cubierto de
hollín en el que antes se encontraba el fuego, este está duro y frío, como si la chimenea no
hubiera estado encendida en ningún momento.
– ¿Qué hacemos? -Responde el otro.
Al girarse para contemplar el resto de la habitación se encuentran completamente solos y en
silencio. La sala ya no parece la que era antes. Se quedan escuchando expectantes, ningún
ruido parece proceder de la casa, ni siquiera el crujido de la madera. Tanto el sonido de la voz
de Estalón como los pasos y grilletes del resto de caminantes han enmudecido en cuestión de
segundos.
– ¿Y los otros?- Pregunta el de mejillas redondas.
Se han ido sin nosotros. – Una pausa incómoda se apodera de la situación. – Soy 31 por cierto.
¿Cómo te llamas tú?
– Yo soy 80. Siento no tener tiempo para charlar, tengo que irme cuanto antes. – Dice el
de mejillas redondas mientras avanza hacia la puerta.
Una vez delante de esta, agarra el pomo y con fuerza lo gira hacia la izquierda. Un chirrido
indica que está cerrada. 80 la mira con desgana y preocupación, su gruesa madera indica que
por mucho que la patee no cederá para dejarle marchar. En ese momento, 31 expresa lo que
está pensando:
– Dudo que podamos escaparnos…- Dice 31 con convicción.
Mientras 80 resopla, se deja caer en la butaca de terciopelo rojizo situada delante del hogar,
a la izquierda descansa un triste reloj de péndulo, cuya madera carcomida refleja su paso a
través de la eternidad. Pese al vaivén del colgante metal, el silencio reina en la sala. A su vez
31 se encuentra de pie, frente a una estantería polvorienta. Coge uno de los libros y lo recorre
con la mano quitando el polvo del lomo, ningún título está escrito en su portada, las esquinas
están peladas y ligeramente curvadas. Justo cuando su pulgar se dispone a abrir sus páginas
el sonido del crepitar vuelve de nuevo y a su vez la calidez en la estancia. Ambos
sorprendidos se acercan inquisitivamente, esperando el regreso de sus compañeros. Nadie
sale de las llamas, y sin dudarlo cruzan el umbral juntos para no quedarse atrás otra vez.
Dentro del fuego una sensación abrasante y sofocante les envuelve. El cambio repentino de
temperatura y el aturdimiento les provoca que un sudor frío les recorra toda la frente y la
espalda. Caen inconscientes al suelo, habiendo cruzado ya las asfixiantes llamas.
80 se despierta primero frotándose las sienes. Se sienta en el suelo contemplando la nueva
habitación, una corriente de aire le eriza el vello de los brazos. 31 todavía yace en el suelo,
inconsciente y tembloroso. Un ventanal de cristal biselado está abierto a su derecha,
ofreciendo una oportunidad de escape. Afuera el frondoso bosque descansa en silencio.
80 echa un vistazo a la sala; esta vez no hay chimenea, en su lugar hay una puerta bastante
fina. Una estancia pobre y mal decorada les rodea. La ventana está cubierta por unas
translúcidas cortinas de seda, las cuales acarician el suelo a causa de la brisa que las hace
moverse. El único mueble destacable es una silla con ataduras en las manos y los pies, la cual
se sitúa justo en el centro de la habitación. El péndulo ya no está, en su sitio hay un reloj de
arena aparentemente frágil. Ya ha empezado la cuenta atrás. Al ver como la rojiza arena
desciende por sus paredes curvadas, ochenta sabe que algo malo está por llegar. Se altera,
debe decidir algo rápido.
Su primer intento es la ventana. Al asomarse el viento le peina el cabello, la altura hasta el
suelo es vertiginosa y abajo unos astillados troncos le aseguran una mala caída. El fantasma
de cuello corto se arrodilla en el suelo, y sacude violentamente a 31 por los hombros. Este
gime con cara de dolor, sin despertar del todo. La urgencia provoca la desesperación de 80,
que alza la mano y sin pensarlo dos veces le abofetea sus consumidas mejillas. Treinta y uno
se incorpora de inmediato frotándose los mofletes sin saber de dónde procede tanto dolor.
– ¡Vamos! ¡Hay que probar con la puerta!- Exclama 80 con desesperación.
Treinta y uno corre hacia la puerta, comprendiendo de qué se trata todo al ver el reloj de
arena. Detrás encuentran un pequeño cuarto, la poca luz que entra por la rendija de la puerta
les muestra unas manchas rojas en el suelo y más adelante se halla el Cerbero durmiendo
profundamente, entre los huesos de un cadáver humano todavía sin terminar. Ochenta tiene
una fuerte arcada y 31 ahoga un grito que desvela a la bestia. Acto seguido cierra la puerta de
un fuerte golpe, lo que enfurece más al Cerbero, sus tres cabezas golpean la fina madera.
Ochenta retrocede y un crujido hunde su pie en las tablas del suelo, 31 se acerca para
ayudarle, terminando de romper la madera. Ambos caen al vacío mientras el Cerbero ladra
ferozmente desde la superficie.
Un intenso olor a heno empapa sus narices. Al ponerse erguidos sienten como la paja se
clava entre el tejido de su ropa. Se sienten desubicados, han recibido un fuerte golpe en la
cabeza. A la derecha de 31 y 80 hay cuatro cuadras, dos de ellas están vacías, y las otras dos
albergan dos zainos que debieron de ser majestuosos, aunque ahora están un poco
desnutridos. No tienen sillines, ni tampoco riendas. Unas húmedas tablas de madera cubren
las paredes, reteniendo calor dentro del establo. Un portón a su derecha indica la salida, la
luz entra a raudales a través de esta.
– ¿Seguimos o prefieres descansar? – Pregunta 80. Treinta y uno luce un aspecto
consumido. Sus azules ojeras y su rostro arrugado indican que claramente necesita
dormir.
– No, está bien. Vamos a salir.
Ochenta le ayuda a ponerse en pie y avanzan hasta el umbral del establo. Ahora caminan con
desgana, ¿quién diría que son los mismos caminantes de antes? El seco y descuidado césped
está cubierto de escarcha, resbala ligeramente. Las ramas de los rígidos cipreses se agitan
con cada bise que pasa. Siguen un sendero de tierra marcado en el suelo, no saben dónde
dirigirse, pero tampoco parece importarles.
La luz exterior les deslumbra, intentan cubrirse el rostro con la mano, pero esta no les tapa,
es incomprensiblemente translúcida. Al levantar la vista ven una fila que les parece
vagamente familiar, la observan de nuevo detenidamente. Oyen cadenas repicar contra el
suelo y la fuerte voz de trueno de un hombre que les guía. Inmediatamente comprenden de
qué se trata.
– ¡Es Estalón ! – Exclama 31.
– No grites o nos verá. – Reconviene 80.
– ¿Nos acercamos? Quiero escucharle.
– Ven, iremos por la maleza. Cuidado con las zarzas.
Parece que todo el cansancio ha abandonado sus cuerpos por completo, ahora caminan
ligeros.
Se esconden a pocos metros de la fila que antes ellos también ocupaban. Recorren con la
mirada cada caminante, uno por uno. Entre ellos también encuentran al que descubrió su
rostro por primera vez, aquel de rostro arrugado y labios secos. Estalón repite firmemente un
discurso que les parecía haber escuchado ya. Conocían las palabras que iban a salir de su
boca, antes de que estas lo hicieran. Ambos tenían un presentimiento, todo parecía un déjà
vu.
– ¡Cerbero, a las mazmorras! – El mismo caminante de facciones marcadas intenta
escapar.
Ochenta y treinta y uno empiezan a temblar:
– ¡El Cerbero! ¡Detrás de ti! – Grita 31 despavoridamente mientras 80 intenta apartarse
de su camino.
El fiero perro sigue avanzando, parece tener la mirada perdida, no les mira a ellos. En
décimas de segundos, sin que ellos puedan apartarse del camino, el gran perro traspasa sus
cuerpos. Todos los caminantes miran a su dirección, pero ninguno parece verles a ellos,
tampoco parece que oigan sus voces, que hace rato gritan sin control. Nadie se inmuta, 31 y
80 intentan procesar lo que acaba de suceder.
– ¿Has sentido lo mismo que yo? – Pregunta 80 sin dejar de acariciarse el estómago.
Una fuerte arcada interrumpe las palabras de 31, que vomita bruscamente tras un
ciprés.
– Sí… Y no me siento bien. – Responde secándose la boca con la manga de su túnica.
– Siento que ya no estamos. No nos sienten, ni nos oyen.
– El Cerbero nos ha atravesado como si nuestros cuerpos fueran humo, tampoco nos
ven. No estamos 80, ni somos, ya no.
Una sonrisa brota de los labios de ambos. Miran alrededor, pensando que es demasiado
bueno para ser verdad. Apreciando cuánto poder tiene el tiempo, que es capaz de curar como
nadie y de castigar como el peor. Muchos desean volver al pasado y otros preferirían nunca
haberlo vivido. Dominarlo sería un arma poderosa para cualquiera que la poseyera, pero las
segundas oportunidades no se dan a menudo, solamente los más nobles consiguen
aprovecharlas. Y sin haberse dado cuenta, sus pies ya flotan sobre las copas de los árboles. Se
miran, porque se sienten libres, libres de verdad por primera vez.